viernes, 12 de mayo de 2017

NO HAY UN PORO DEL CUERPO QUE NO RESPIRE EL AIRE PARA ENCONTRAR TU AROMA



NO HAY UN PORO DEL CUERPO QUE NO RESPIRE EL AIRE PARA ENCONTRAR TU AROMA

La piel, oliendo crucifijos, la piel que mira, que se distrae en la silla de cuero donde lleva años sentada, envía lloviznas, algunas de ellas de la época del diluvio. María Marín absorta le habla a niños imaginarios, señala al cerro cercano que es pura piedra y cují  y dice que cuiden esas vacas, mirada al viento la piel hendida mira los edificios y dice cuiden esos conucos y ese maíz que se lo van a comer los pájaros, señala al asfalto ardiente y dice recojan esos rosales. Su mente anda entre laberintos que miran lunas de agosto en el neón cercano, que ve relámpagos en la pantalla del televisor y me llama para que recoja la ropa porque va a llover, o que ponga la sopa y eche arepas y mueve las manos al aire, sortija gris es su rostro pero de oro abren los brazos araguaneyes cercanos- Espejo que hace la piel, mi refugio.

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