DE LAS COSAS QUE LLEVO EN EL
COSTADO
Duplicado por sudores presiento la fragancia oscura
que toca tu sangre. Los lunares de tu piel son islas donde me salvo de
naufragios nocturnos. Tengo todos los números del mundo tallados en mi piel
para recordar cada segundo de ausencia tuya. Estamos huérfanos de amores,
aluviones de vitrales en la voz por cada despedida que se vislumbra por las
tardes con canciones que se escuchan a lo lejos por los lados del Cerro Santa
María.
Multiplicado por los espejos que esconden tus ojos
vivo alucinado de voces menguadas en las caderas y en cada curvatura tuya que
me envejece. Recibes de nácar los saludos al viento que llegan desde el
Musabás. Los intentos de ayuno los trazo en los corredores de la Iglesia Chinquinquirá
que se hace familiar a mi voz cuando te nombro. La sirena cada vez más lejana
me libera de olvidos.
Numerando recuerdos desde la última caminata por
Carmona, haces cobijas con los labios. Has vestido de imanes a la nevera donde
guardamos los deseos y abandonamos éste temor metálico que inunda a nuestros
huesos que ya son migajas esculpidas por el agua. Un rumor de hojas secas se
cierne sobre las pupilas desvencijadas, volteretas y musgos permeando los
tintes del día, de silencios están hechos los gritos de cada madrugada.
Sumado por los tambores lejanos de la lluvia que
viene bajando por el Sandoval como brinco de niño, inauguro un diluvio de besos
sobre tu cuerpo, me deshago en artes gitanas sobre las manos, en pequeñas
chispas de fuego que llevamos entre los ojos. Cándida te vuelves por la calle
arriba, recorriendo azabaches de luna en cada nuevo amorío que levanta nubes de
sol que vienen desde el San Isidro, llegas sumergida por las piernas del pueblo
que se oscurece a cada paso. Hay un escaparate de voces calladas en el aire,
licores cansados recorriendo los abrazos que nos damos en este mundo que tiene
esqueletos de tapias y piedras que escriben con detalle nuestros nombres.
Dividido por las estatuas del parque los ilustres,
cromadas por tu ausencia, escindido de pieles de semanas taciturnas, envejecido
por la ausencia de caricias en el aire, apuesto todo mi destino a los discos
antiguos de Javier Solis que rescatan las costas de tu cuerpo, allá en el Bar
Buenos Aires de mi infancia. De naufragios hago este olvido que te recorre
callejón Arismendi adentro. Hay alivio de huesos sobre la almohada del sol que
me promete el Bar a media tarde. Camino y consigo el escapulario de rosas que
dejamos como amantes que fuimos.
Numerales entre las cortinas de mi infancia que
tienen lenguas que se angustian, que no saben refrenarse y son bañadas entre
las totumas del patio, camino despacito por la fría cariátide de tus disgustos
allá en la plaza Sucre adonde juramos iríamos juntos a pasear a esta lengua mía
que te abre en laberintos, que se desempolva en cada aula de la escuela
Carabobo. Enmudecida andas por los lados de la Catedral, llena de sordera nueva
y de un nido arábigo que se resuelve en mieles, en hieles que hacen brotes de
rosas por el Buen Pastor.
Siglos llevo por conseguirte desnuda en el río de mi
infancia, hundida en canciones aprendidas desde siempre y los ritmos de tu
cuerpo llenan de luna al Sandoval de mis ojos.
Fraccionada por tu costumbre de pitonisa en ciernes elaboras de olvido esta
piedra horadada por el viento que es mi palabra, esta seda de puertas antiguas
que abrieron al aguacero que viene por los lados del Alto de la Chapa. Las
mentiras de mis ojos te llenan de apocalipsis precoces, en nuestra angustia de
revelar entuertos por convexos, por cóncavos azules de almidones en el verbo
por piruetas de olvido, morisquetas, contorsiones que vendo en el mercado de
San Jacinto adonde fuimos una mañana a comer disgustos.
El río Castán inundando los límites de mi cuerpo, la
Quebrada de Ramos muda su encanto a esta invocación que haces del nombre de una
rosa que se hizo piedra, que está tatuada antigua sobre mi espalda, que se
alivia en los sudores de los aromas que vienen toteando bucares.
Una sábana hace el cielo de los ojos y se esparce en
labios, acá en el cuarto de los varones, te hago promesas para fundar un reino
distante donde un Rey lleve a Diego por mentor, donde un Hada construya
lámparas con Patricia grabada en perlas, hijos que serán tesoros de un mundo
que se funda en los ríos del alma.
Sumatoria de huesos aliñados por señoras de estas
tierras, por teléfonos andantes que enfrascan la última gota de aguardiente,
que se incineran en cientos de besos.
Especies de los lados del cerro Santa María
inundando la flora de libros que hace selvas, que tiende puentes abrazados por
aguas antiguas libadas por el cequión cercano. Remolinos boreales mascando
puertas y ventanas en la Quebrada de los Cedros. Levantando adioses por los
lados del Musabás, me deshago de la tribuna griega que deja tu torso desnudo
allá en el cerro Santa María.
Cálculos de cojines en el piso, de vino sobre la
piel en plena mañana de Carmona, o del Prado, o de cualquier parte de este
rincón del mundo, álgebras bañando los brazos de luz que tengo para abrazarte
solamente. Díscolos manjares de un Pent house en las Acacias con espejos
cercanos al Country o vía la Puerta para mejorar el encanto.
Aumento de voces en el espiral de olvido que deja la
ausencia en que me encuentra la quincena, sin un billete en el bolsillo.
Imagino colinas desde tu cuerpo desnudo y ansío morir colmado con los libros de
Cohelet y Salomón entre mis manos, teniendo a la brevedad de la vida de Séneca
como testigo.
Burbujas
rojas, o Land Cruiser doradas donde pasear tristezas te prometo a media tarde
tomando café en los solares de un centro comercial para donde vamos a engañar
entuertos y a ocultar decenas de caricias empequeñecidas recorriendo tu cuello.
Llevando al río Motatán en cestas de fuego, en marfiles íntimos, en cuevas
antiguas o en moteles nuevos donde pintemos los deseos de piedra reciente y
hagamos un álbum que llene de cantos las pestañas que se cierran al sol.
La
Plazuela esperando tus senos, vienes del río Mocoy arriba, vienes con caderas
cercanas, con tamborileos lejanos llegas, primeras voces en la mañana destiñendo
sueños aquí en Trujillo, últimos ruidos de la noche calculando pesadillas en
cualquier lugar del mundo que conozco, que no va más allá del Cristo de Jose ni
más allá de Cúcuta. Ni por debajo de ninguno de los catorce puentes del río de
mi pueblo. Tu cuerpo algodonado de puro blanco que es, tu cuerpo desnudo que es
mi abrigo, tu chequera de sueños donde coloco números de estas ansías de coser
estrellas a mi historia.
En el
profundo deseo distinto que me inaugura disperso mis ganas. Me despides calle
arriba andando, me haces silencio tuyo en el costado, con el talle fecundo de
tu cintura, me vuelves añicos el edén que se resuelve en siete días.
Los
pasos ausentes de la Mirabel o de Tres Esquinas, son cuerda floja de cantos
homéricos en plena plaza de Pampanito o de la Cejita a medianoche.
Lápidas
iluminadas que resurgen como pesadillas en la muerte que me acecha desde el 13
de septiembre de 1985. Malabarismos de bodeguero, llámese Quintín o Duarte en
donde comprar queso para unas arepas que aun no se hacen. Pétalos de tiempo que
María Aurelia Azuaje cuenta entre el agua del anafre ahogado por la lluvia.
Cortados por la luz de los ojos, bendigo a Palomares, santifico a Valera Mora
por besar tantos labios con el azar de sus versos pronunciados justo a tiempo.
La
epístola de sábanas donde escribes en mi costado tiene lámparas que se
estremecen por los roces de nuestras manos, las mismas que modelan golondrinas
y vientos de lluvia que auguran esta resurrección.
Escrito
bajo el nombre de “Algoritmos de las sábanas” en Trujillo el 24 de abril del
2000
Re-escrito
como “DE LAS COSAS QUE LLEVO EN EL COSTADO” en Trujillo el 12 de mayo del 2012.
JOSÉ
LUIS BARROETA BARAZARTE